Preocuparse funciona

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Todos los libros de autoayuda insisten en que la preocupación no sólo no sirve para solucionar nada sino que además es fuente de más problemas y enfermedades – de hecho algunos autores afirman que la preocupación nos puede llevar a una terrible y prolongada muerte por enfermedad.  Pues yo no creo en eso, soy testimonio vivo de la verdadera utilidad de la preocupación y la angustia humana. Lamento que la sociedad moderna huya despavorida desconociendo las ventajas de preocuparse.

El primer argumento inútil de los “ayudadores contemporáneos de almas” es irse a la raíz de la palabra dividiéndola en dos: pre – ocuparse, argumentando que es algo así como “ocuparse antes de” y luego pasan a explicar que no hay que hacerlo y sus terribles consecuencias. Pues bien – yo me he preocupado profundamente por diferentes tipos de cosas, algunas apenas importantes y otras muy importantes para mi.  ¿De qué ha servido? Pues las estadísticas me dan la razón: prácticamente ninguna cosa por la que me he preocupado ha ocurrido.  Punto. Así como no existe forma de comprobar que mi actitud fue inútil, tampoco me pueden demostrar que esa actitud no haya sido la causa de evitar que ocurriera lo temido. Por ejemplo: me preocupé mucho porque el agujero en la capa de ozono se estaba agrandando y todos podríamos perecer, sin embargo hace poco me encontré con la noticia que tal agujero había disminuido su tamaño. ¡Eureka! ¡Funcionó la preocupación de todos!

Y es que la preocupación funcional (yo me inventé el término) parece ser heredable, ha de ser motivo de investigación genética muy pronto.  Recuerdo cuánto nos incomodaba en casa que mi mamá se preocupara por todo: ante cualquier noticia medio violenta (todas caben en la categoría) ella torcía su boca hacía un lado y, moviendo su lengua entre los dientes hacía un ruido como “tsk-tsk-tsk”, mientras cerraba sus ojos y movía negativamente la cabeza en un verdadero acto de repulsión ante la posibilidad de que tal cosa fuera realidad. ¡Ya no te preocupes! les decíamos en tono fuerte, pero ella se preocupaba aún más.  El hecho es que no se ha hundido Santafé de Bogotá – que era una de sus mayores preocupaciones, como lo había anunciado en su momento algún “profeta urbano” de los años 40. – He ahí otra prueba de la importancia de preocuparse con verdadera decisión. Yo he decidido empezar a preocuparme por esa razón – no sea que la ausencia de mi madre motive el vaticinado hecho sobre la capital colombiana.

Ante la andanada que me espera de insultos y consejos por mi salud a raíz de este artículo, he decidido explorar y exponer el corolario de esta novedosa tesis sobe la preocupación y su utilidad: cuando parece que la preocupación y la angustia que carcomen mi mente y mi cuerpo ante algún motivo real o imaginario del cual he decidido hacerme cargo personalmente no dan muestras de operar sobre el universo para evitar el indeseable resultado, uso la oración para dejarle a Dios el desenlace.  ¡Y funciona!  Preocuparse puede ser muy dañino para la salud, así que he decidido orar por las personas involucradas y de esta forma puedo asegurar que preocuparse es un acto muy efectivo porque conduce a la oración y a dejar en manos de Dios lo que nosotros no podemos controlar – e incluso lo que creemos de manera arrogante que sí controlamos.

Que Dios te bendiga.

 

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¿Educación sin educadores?

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La tecnología ha creado un fuerte impacto en la sociedad moderna, en algunos casos de manera negativa y en otros de manera positiva. Su trascendencia ha tocado todas las dimensiones humanas y la educación no ha sido la excepción. En los años 70 empezó una revolución educativa con los medios audiovisuales y pronto fue evidente que aunque en ocasiones se desvirtuaba en “amontonarse en una sala oscurecida con todos los estudiantes casi sofocados por el calor y distraídos por el ruido del proyector”, el docente necesitaba tener nuevas habilidades – por lo menos la de ver en la oscuridad. Los padres de familia – primeros educadores de todo niño, siempre están a la expectativa de que las instituciones donde estudian sus hijos cuenten con estos nuevos medios tecnológicos, pero en casa la televisión (primer intruso técnico después de la radio) ha sido vilipendiada como distractora, irruptiva de la comunicación y se ha relegado a “la repisa de los juegos” junto con las consolas de video juegos y el internet en general – tecnologías hoy en día conjugadas en los teléfonos celulares inteligentes – e igualmente desperdiciadas como recurso educativo. Una curiosa transformación contextual que muestra de manera precisa la necesidad de formación de los educadores institucionales y familiares no sólo en las nuevas tecnologías, sino en la integración entre los procesos formadores y los medios empleados en ello.

El primer impulso erróneo ha sido el de darle más relevancia a la herramienta que al proceso y a los objetivos propuestos. No mucho ha cambiado con gobiernos regalando tablets, software y computadores a las instituciones educativas, pero reforzando los modelos educativos clásicos y poco funcionales que claman a gritos renovación, actualización y reemplazo. Vemos aplicaciones que resuelven problemas matemáticos, miden ángulos o leen en otro idioma con una simple fotografía haciendo pensar erróneamente que el docente ha sido reemplazado en todas sus magnitudes. Podemos estudiar a distancia, acceder a propuestas educativas en otras regiones e idiomas salvando los obstáculos geográficos y de tiempo a través del internet con el correo electrónico, los foros, el chat, la videoconferencia y los podcasts, donde se hace énfasis en tales herramientas, los programas empleados y sus características inherentes para impartirlas, pero desconociendo por completo las habilidades formativas de quienes han producido el material, muchas veces omitiendo hasta su derecho de autor y creando una “melaza temática anónima” porque nos quedamos en lo técnico y si acaso resaltamos el conocimiento o la práctica.

Desde ese hogar de los años 70 donde una televisión en blanco y negro con tres canales llegó a transformar el estilo de vida se encontró de manera fortuita que “el gran distractor” también era un auxilio para “mantener ocupados a los niños” – maldita herencia que se ha venido sucediendo por generaciones hasta llegar a los teléfonos inteligentes y la internet en el hogar contemporáneo donde los padres trabajan frenéticamente para lograr las metas de consumo de la sociedad actual, abandonando a sus hijos al desconsiderado cuidado y “modelo educativo” de los medios tecnológicos. Nada más triste que desperdiciar los recursos valiosos, empezando por dichos medios, hoy en día repletos de oportunidades para enseñar y aprender. Vivimos el momento en que los hijos tienen más conocimiento tecnológico que sus padres y docentes – hay que adaptarse a ello y actuar en consecuencia para transformar dicha realidad porque eso no necesariamente es negativo. Lo realmente negativo y frustrante es que los adultos se han rendido. Se niegan a aprender o en el mejor de los casos, a reaprender, sintiendo que tal acto de humildad podría restarles autoridad como padres, como docentes o simplemente como adultos. ¿Qué es lo que hay que reaprender? La forma de enseñar. Rompiendo los paradigmas sobre la educación, no sólo usando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, sino manejando el aprendizaje educativo que ahora debe abarcar intereses y necesidades humanas que impulsen el desarrollo y crecimiento del ser, no sólo la capacidad de poseer y consumir. Aprovechar los medios para mejorar la comunicación intrafamiliar y con la academia, forzar la tecnología para forzar la actividad intelectual, hacerse parte social participando en las actividades comunitarias como los foros, wikis y blogs. No perder el calor humano, sino hacerlo evidente a través de las TICs. “Jalón de orejas” para los adultos que se quedaron ejerciendo su autoridad desde bases irrelevantes olvidando su función educadora.

El ejemplo y el castigo.

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Este escrito lo empecé a pensar cuando viajaba por el vecino muncipio de Cajicá, donde hay bastantes predios de cultivo cercanos a la carretera y pude ver una escena bastante particular: un joven campesino corriendo tras una gran vaca que se había colado por la cerca abierta del cultivo, lanzaba improperios, piedras y palos contra la gran res mientras ella trotaba con paso ligero por todo el sembrado, arrasando con sus patas los surcos bien cuidados en tanto llevaba en su boca una gran bocado de la cosecha: verduras frescas y bien cuidadas que desaparecían tras sus grandes fauces en dirección a su laberinto de estómagos. La vaca cambiaba de dirección rápidamente evitando los golpes de su perseguidor, buscando salida, pero nunca dejó de masticar su sabrosa recompensa, finalmente volvió sobre sus pasos (y sobre muchas verduras), encontró la cerca abierta y logró escapar en tanto el joven seguía gritando alusiones a la mamá de la mamífera intrusa… todos los que vimos la escena reímos ante el pequeño gran triunfo de la pícara semoviente y la frustrada acción del verdulero.

La educación formal, la vida de hogar, la convivencia en el trabajo y los momentos de vida social común de los ciudadanos se han convertido en esa misma escena: nos tienen que prohibir, golpear, gritar, hablar airadamente para que nos mantengamos en una carrera frenética por la obediencia, pero no estamos formando en el carácter, las buenas costumbres, el ejemplo (que sólo existe el bueno). ¿Por qué? Porque los adultos enseñamos CON NUESTRO DIARIO VIVIR que hay que aprovechar el momento, que ayudar es favorecer a alguien a cambio de otro favor, que es más importante poseer que ser, que hay que pensar primero en uno y después (finalmente nunca) en los demás.

Estamos en manos de los niños, de los jóvenes, y particularmente de los docentes (incluso de los que enseñan a adultos) para trabajar en la formación del pensamiento que cuestiona, que no se conforma, pero que respeta. También cuenta – y es muy valioso, el ejemplo que damos los adultos. Enseñamos matemáticas y lenguaje, pero también enseñamos que hay que “pasar la materia como sea”, ignorando la salud, el descanso, el aprendizaje real y el apoyo al compañero. Formamos grupos o trabajamos como individuos, pero no dejamos de competir, clasificar, separar, discriminar a quienes no entienden, no saben o no preguntan, pero tampoco enseñamos a escuchar, a estimular ni a debatir sin ofender.

Se ha hecho creer a la sociedad que la respuesta al delito es la condena, la cárcel y el aislamiento, cuando hemos fallado durante siglos en la prevención a través del afecto, del reconocimiento propio tanto emocional como integral, de la búsqueda del error como fuente de información y no del castigo del mismo. Nos importa más “hacer lo que sea” para obtener una calificación, que explorar el error para aprender del mismo, de hecho no reconocemos los errores, sino que los evitamos a toda costa. El resultado es evidente: si no hay policía o multas, no me porto bien. Si mi pareja no me mira, puedo ser infiel. Si mi jefe no está, puedo flojear. Aprobamos leyes que benefician a unos cuantos pero en vez de denunciarlos, simplemente esperamos “que nos llegue el turno” para robar y sacar ventaja. Ciertamente ya es tarde para muchos (adultos, jóvenes y niños), sin embargo es sensato vivir dando ejemplo (que sólo hay del bueno) para que los jóvenes adquieran y defiendan su criterio propio viviendo en la justicia, la honradez y la libertad sin trasgredir, ignorar, ofender ni discriminar.

¡A trabajar en la formación a través del ejemplo!