El peso de la Bandera Colombiana

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Funcionarios de la alcaldía de Zipaquirá con la bandera de Colombia en el Desfile del Bicentenario de los Mártires Zipaquireños – agosto 3 de 2016

Agradable sorpresa me he llevado al ver a los funcionarios de la Alcaldía de Zipaquirá llevar con orgullo y elegancia la bandera de Colombia en el reciente desfile cívico, con ocasión del Bicentenario de los Mártires Zipaquireños.  Y debo advertir desde el primer párrafo que me siento aludido por cuanto unos días atrás había pedido públicamente al Señor Alcalde en este artículo, que regañara a sus funcionarios porque no habían entonado los himnos en otra ceremonia oficial con la debida pertinencia. Estoy seguro que la idea no surgió porque este desconocido ciudadano tenía una queja – pero admito que me sentí correspondido cuanto vi esa larga fila de funcionarios marchando con parsimonia oficial – bandera en mano, por toda la ciudad. También admito que sentí algo de compasión por las damas quienes debidamente ataviadas con sus zapatos de tacón, tuvieron que atravesar el municipio a pie en un recorrido de varios kilómetros en los que tuvimos sol y lluvia.

Si bien la enorme bandera no pesaba mucho, máxime por ser llevada entre varios, decidí aprovechar esta coyuntura para reflexionar acerca de ello.  ¿Cuánto pesa la bandera colombiana? Según el decreto del 26 de noviembre de 1861, al tiempo de la creación de los Estados Unidos de Colombia, los colores de la bandera colombiana simbolizan:

  • Amarillo: representa la riqueza del suelo colombiano, así como el sol, fuente de luz, y la soberanía, la armonía y la justicia.
  • Azul: representa el cielo que cubre la Patria, los ríos y los dos océanos que bañan el territorio colombiano.
  • Rojo: representa la sangre vertida por los patriotas en los campos de batalla para conseguir la libertad, la que significa amor, poder, fuerza y progreso.

Hoy en día nuestra Patria se debate polarizada no en una, sino en cientos de miles de opiniones sobre otros cientos de miles de temas que nos dividen de manera casi pueril, como niños peleando por un juguete.  Oscuros intereses tratando de robar y exportar la riqueza del suelo colombiano a costa de la pureza de nuestro cielo, nuestros ríos y océanos; nos dividen no sólo derramando sangre inocente, sino aún más grave: ignorando y olvidando a la sangre justa que ya se derramó por nuestra libertad, hoy en día amenazada por mentiras que nos arrebatan el amor, el poder, la fuerza y el progreso de todos nosotros como nación soberana, atemorizados por un puñado de violentos que pretenden el poder a cualquier precio.

Es mucho peso para no sentirlo. La libertad no se logró por casualidad ni por un golpe de suerte – se logró a través de las leyes que hoy se pretenden burlar, se dio por la sangre de un ejército glorioso que hoy persiste pero no puede actuar, se dio porque los anhelos de libertad no se limitaron a conceder favores, sino a exigir responsabilidades, no se quedaron en los derechos merecidos ni vulnerados, sino que se levantaron a construir un país a partir de verdades, no de supuestos.

¡Viva la bandera de Colombia, símbolo de justicia y verdadera paz!

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La décima estrofa, o justicia es libertad

Hace unos días el pueblo colombiano (el decente, al que le duele la patria) se escandalizó al saber que el gobierno del presidente Juan Manuel Santos había encargado a una agencia de publicidad la organización de un concurso para agregar una estrofa más al Himno Nacional de Colombia con motivo del inminente acuerdo de paz entre su gobierno y la guerrilla de las farc. Han surgido voces en todos los sentidos y este artículo no pretende abarcar opiniones sino, modestamente, aportar una más.

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Oreste Síndici, compositor de la música del Himno Nacional de Colombia

Para nadie es un secreto que los símbolos que representan a la Patria son cada vez más desconocidos, entre otras cosas porque hay temas que requieren más atención hoy en día, relegando poco a poco estos sentimientos a un simple recuerdo de infancia o un requisito aburrido de los protocolos en actos oficiales – aún más aburridos. Hace unos días escribí públicamente al alcalde de Zipaquirá – el municipio donde vivo, esta “solicitud de regaño para que llamara la atención a sus funcionarios quienes de manera tímida apenas se atrevieron a entonar los himnos del municipio, del departamento y el nacional – a los que mejor se les escuchó, porque otros no dejaron el teléfono celular en todo el tiempo, o se limitaron al silencio con los brazos cruzados o en otra postura indiferente a la ocasión. En respuesta recibí por las redes sociales una andanada de insultos “sugiriéndome” que no me metiera en lo que no me importaba, me “explicaron” detalladamente que nuestro país es libre y que “cada quien es libre de cantar o no lo que quiera” (literalmente). Más allá de los artículos 10 y 11 del decreto 1967 del 15 de agosto de 1991 donde se explica el protocolo para entonar el Himno Nacional, cualquiera supone que el sacrificio para lograr nuestra libertad supone respeto por estos símbolos, pero no es así, la mayoría ignora la relevancia de ello. Y ahora el gobierno propone que la agencia que le hace los volantes de campaña ¡se encargue de tan noble tarea!

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Rafael Núñez, cuatro veces presidente de Colombia, compositor del Himno Nacional

Asumiendo que el gobierno – como es acostumbrado – se salga con la suya, y en honor al gran trabajo que hicieron el excelentísimo Rafael Núñez (cuatro veces presidente de Colombia y redactor de la Constitución Política que nos rigió hasta 1991) en la escritura de tan magníficos versos y de Oreste Sindici en la magistral composición musical, le propongo al gobierno que haga un simple cambio: en lugar de cantar la primera estrofa – que todo oyente de radio y asistente a estadio de fútbol se conoce de memoria desde 1920, rescatemos la décima estrofa – la penúltima del himno, para quienes desconocen que está compuesto por once estrofas, y la entonemos a voz en cuello, hasta el cansancio en todas las instituciones oficiales y educativas, en el transporte público y las iglesias, y lograr la catarsis requerida para reflexionar sobre nuestra ensangrentada Patria, porque además de evocar el momento histórico, entusiasma y dirige la mirada hacia la verdad; de hecho yo diría que es profética – como si el ilustre Núñez hubiese visto el futuro incierto de nuestra amada democracia en el año 2016 y la hubiese ajusticiado desde el pasado con sus versos.

estrofa.pngEsta décima estrofa inicia diciendo que vencer en la batalla no puede considerarse como una “completa gloria” llevándonos a pensar que sea lo que llamemos guerra, lo que nos dará la victoria, será la libertad – que es el verdadero triunfo de la batalla porque el combate se da es por la verdad, no por una idea u otra, sino por la verdad. Acto seguido nos da una definición concreta y tajante de independencia: argumenta que no es sólo esa pretendida independencia la que nos regala la libertad por sí misma, ya que no logra acallar “el gran clamor”, el dolor del pueblo herido y demandante de libertad.

Termina ajustando una sentencia clara: “Si el sol alumbra a todos, Justicia es libertad”. Por poderoso, violento o justo que sea, no hay dirigente (político o no) que cambie esta verdad: que el sol (como la justicia), con todos sus beneficios de calor, acogida, iluminación y demás es un derecho humano, algo que nos ha sido dado como regalo indiscutible y que podemos disfrutar de él, haciendo una comparación muy clara – la justicia es la que nos da la libertad. ¡Justicia, Señor Santos! Esa es la verdadera paz. No cambiemos el himno – mejor reflexionemos sobre él porque ¡justicia es libertad, impunidad es esclavitud, EL GRAN CLAMOR NO ACALLA!


Para saber más: