La ira es una emoción

Así como suena. Todas las emociones están ligadas a la motivación. No podemos sentir nada que no haya sido impulsado por algo o alguien – aunque sea de manera imaginaria, así que de esta manera empieza el recorrido por la emoción de la ira. No es difícil saber que la ira trae graves consecuencias pero, ¿es tan mala? Realmente también tiene aspectos positivos porque ella es la que nos impulsa a sobrepasar grandes obstáculos para conseguir aquellas cosas que parecen imposibles ¡También nos resulta imprescindible para sobrevivir! Sin ella, no podríamos defendernos de ataques, de situaciones realmente peligrosas, moriríamos congelados de miedo. El problema con la ira, es cuando se pierde este balance. De niños la usábamos para conseguir lo que era vital para nuestra supervivencia, como alimento, limpieza, dormir ¡y por supuesto juguetes – muchos juguetes y juego! De adultos, las cosas no cambian – sólo nuestras necesidades y gustos. La ira en realidad es una secuencia de tres pasos: la ira como emoción, la hostilidad como justificación y finalmente la agresión. Aprender a reconocer en nosotros esta secuencia, nos evitará muchos problemas y conflictos en la vida, no sólo para evitar llegar a la agresión – sino para evitar ser agredidos.

Por ser una emoción, sentir ira es algo natural, y no es motivo de vergüenza – nadie es culpable por sentir, en tanto esa emoción no termine en actos que lamentar. Como el deportista que se esfuerza con ira para vencer la fatiga y la frustración, como el cazador que reacciona con ira para defenderse de un animal salvaje que lo ataca sin consideración, podemos ver a la ira más como amiga que como enemiga. Sin embargo, perder el equilibrio es fatal con la ira porque suele tener consecuencias desastrosas, tanto en las víctimas como en el victimario. Cuando niños nos bastaba hacer una berrinche para que nos dieran lo que queríamos, pero a medida que adquirimos habilidades como el lenguaje, aprendimos a resolver esas necesidades mediante el diálogo y la comprensión, primera clave para resolver los problemas de la agresión fundamentada en la ira.

Basta con ver las noticias escandalosas para darse cuenta que la ira está presente en todos los actos violentos ¿Qué tienen estos en común? Dinero y sexo. Las necesidades vitales del niño, en el adulto se convierten en esas dos cosas. Por eso vemos tantos casos de tragedias causadas por problemas económicos, robo, pérdidas financieras, celos y la terrible infidelidad. Se amenaza la supervivencia del hombre y se entra en estado de ira de manera de manera automática.

Por supuesto que la ira trae consigo una gran carga negativa. Cuando llega a su etapa final se manifiesta en atacar a otros de manera física, moral o verbal – o las tres simultáneamente. Para pasar de la ira a la agresión es necesario hacerlo a través de la hostilidad, creando así una secuencia de tres pasos:

  1. La ira: es el estado emocional cuando enfrentas un gran conflicto con frustración, por no poder alcanzar algo que deseabas. En este punto sólo es una emoción – algo que sientes, y estás a tiempo de prevenir un mal momento, de cometer terribles equivocaciones.

  2. Hostilidad: se caracteriza porque buscas a un responsable por tu estado emocional negativo – hay que echarle la culpa a alguien, aunque sea a ti mismo. En esta etapa ya expresas actitudes negativas hacia alguien o algo, normalmente usas provocaciones con palabras o con actitudes que hieren. El fuego se ha encendido, pero estás a tiempo de detenerte , enfriarte y con una disculpa lograr salir del problema.

  3. Y finalmente, el estado más temido: la agresión. Este es un acto, una acción directa hacia algo o alguien, con el fin de causar daño. Atacas en el plano psíquico a través del abuso moral o emocional de otra persona, es un acto directo y dañino que ejerces sobre otros. Cuando trasciendes a la parte física ya es tarde para prevenir algo – sólo te pueden controlar con más fuerza, es el mejor motivo para una pelea y ya estás en problemas para echar atrás, ya hay ofensas y dolor de por medio – probablemente vas a lamentar este momento, aunque tu orgullo no te permita aceptar que siempre estás perdiendo.

La agresión física es entonces la etapa final de la ira. A las personas les preocupa mucho esta situación, sin embargo ignoran por completo que detrás de esa agresión hubo dos pasos que pudieron ser controlados: la emoción de la ira y la hostilidad. A partir de este punto sólo hay lamentaciones. Debemos reflexionar sobre estos tres sencillos pasos que escalan cualquier situación conflictiva. Si podemos identificarlos en nosotros, seremos ganadores de una gran auto confianza en nosotros mismos y tal autocontrol nos traerá grandes beneficios en nuestras vida, nuestras relaciones y en la consecución de nuestros sueños, porque las personas seguras de sí mismas se quieren y proyectan una imagen de confianza que facilitan las relaciones con los demás.

Práctica

Analiza la secuencia ira – hostilidad – agresión, y realiza un dibujo con los recursos que quieras para ejemplificarla.

Para saber más

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La décima estrofa, o justicia es libertad

Hace unos días el pueblo colombiano (el decente, al que le duele la patria) se escandalizó al saber que el gobierno del presidente Juan Manuel Santos había encargado a una agencia de publicidad la organización de un concurso para agregar una estrofa más al Himno Nacional de Colombia con motivo del inminente acuerdo de paz entre su gobierno y la guerrilla de las farc. Han surgido voces en todos los sentidos y este artículo no pretende abarcar opiniones sino, modestamente, aportar una más.

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Oreste Síndici, compositor de la música del Himno Nacional de Colombia

Para nadie es un secreto que los símbolos que representan a la Patria son cada vez más desconocidos, entre otras cosas porque hay temas que requieren más atención hoy en día, relegando poco a poco estos sentimientos a un simple recuerdo de infancia o un requisito aburrido de los protocolos en actos oficiales – aún más aburridos. Hace unos días escribí públicamente al alcalde de Zipaquirá – el municipio donde vivo, esta “solicitud de regaño para que llamara la atención a sus funcionarios quienes de manera tímida apenas se atrevieron a entonar los himnos del municipio, del departamento y el nacional – a los que mejor se les escuchó, porque otros no dejaron el teléfono celular en todo el tiempo, o se limitaron al silencio con los brazos cruzados o en otra postura indiferente a la ocasión. En respuesta recibí por las redes sociales una andanada de insultos “sugiriéndome” que no me metiera en lo que no me importaba, me “explicaron” detalladamente que nuestro país es libre y que “cada quien es libre de cantar o no lo que quiera” (literalmente). Más allá de los artículos 10 y 11 del decreto 1967 del 15 de agosto de 1991 donde se explica el protocolo para entonar el Himno Nacional, cualquiera supone que el sacrificio para lograr nuestra libertad supone respeto por estos símbolos, pero no es así, la mayoría ignora la relevancia de ello. Y ahora el gobierno propone que la agencia que le hace los volantes de campaña ¡se encargue de tan noble tarea!

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Rafael Núñez, cuatro veces presidente de Colombia, compositor del Himno Nacional

Asumiendo que el gobierno – como es acostumbrado – se salga con la suya, y en honor al gran trabajo que hicieron el excelentísimo Rafael Núñez (cuatro veces presidente de Colombia y redactor de la Constitución Política que nos rigió hasta 1991) en la escritura de tan magníficos versos y de Oreste Sindici en la magistral composición musical, le propongo al gobierno que haga un simple cambio: en lugar de cantar la primera estrofa – que todo oyente de radio y asistente a estadio de fútbol se conoce de memoria desde 1920, rescatemos la décima estrofa – la penúltima del himno, para quienes desconocen que está compuesto por once estrofas, y la entonemos a voz en cuello, hasta el cansancio en todas las instituciones oficiales y educativas, en el transporte público y las iglesias, y lograr la catarsis requerida para reflexionar sobre nuestra ensangrentada Patria, porque además de evocar el momento histórico, entusiasma y dirige la mirada hacia la verdad; de hecho yo diría que es profética – como si el ilustre Núñez hubiese visto el futuro incierto de nuestra amada democracia en el año 2016 y la hubiese ajusticiado desde el pasado con sus versos.

estrofa.pngEsta décima estrofa inicia diciendo que vencer en la batalla no puede considerarse como una “completa gloria” llevándonos a pensar que sea lo que llamemos guerra, lo que nos dará la victoria, será la libertad – que es el verdadero triunfo de la batalla porque el combate se da es por la verdad, no por una idea u otra, sino por la verdad. Acto seguido nos da una definición concreta y tajante de independencia: argumenta que no es sólo esa pretendida independencia la que nos regala la libertad por sí misma, ya que no logra acallar “el gran clamor”, el dolor del pueblo herido y demandante de libertad.

Termina ajustando una sentencia clara: “Si el sol alumbra a todos, Justicia es libertad”. Por poderoso, violento o justo que sea, no hay dirigente (político o no) que cambie esta verdad: que el sol (como la justicia), con todos sus beneficios de calor, acogida, iluminación y demás es un derecho humano, algo que nos ha sido dado como regalo indiscutible y que podemos disfrutar de él, haciendo una comparación muy clara – la justicia es la que nos da la libertad. ¡Justicia, Señor Santos! Esa es la verdadera paz. No cambiemos el himno – mejor reflexionemos sobre él porque ¡justicia es libertad, impunidad es esclavitud, EL GRAN CLAMOR NO ACALLA!


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Regañe, Señor Alcalde

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Apreciado Doctor Luis Alfonso. Hoy asistí muy puntual al acto oficial por los 416 años de fundación del Municipio de Zipaquirá, en general debo decir que resultó muy bien, su discurso fue elocuente y muy sentido – me agradó mucho su expresión “las entrañas de sal de nuestro municipio” y tanto la reseña histórica como social y cultural que nos obsequió con sus palabras.

La actuación de la Orquesta sinfónica de Zipaquirá fue profesional y muy acertada – los himnos oficiales con banda son realmente una oportunidad para vivir cada estrofa, y ciertamente esos músicos se han preparado muy bien – es evidente y nos llena de orgullo.

Pero precisamente de esos himnos quiero hablarle. Probablemente usted nunca llegue a leer mis palabras porque los ciudadanos corrientes como yo pasamos desapercibidos – y si es con una queja pues aún más ignorados, pero mi deber es resaltar lo positivo y llamar su atención sobre lo que se puede corregir, así que vamos directo al grano: MUY POCOS DE LOS FUNCIONARIOS OFICIALES EN EL EVENTO, ENTONARON LOS HIMNOS – y los que lo hicieron (al menos cerca a donde yo estaba) lo hicieron con voz apagada, diría yo que temerosa.

Es comprensible que por cuestiones del servicio, algunos voluntarios de la Defensa Civil usen sus radios o coordinen algunas cosas entre ellos mientras se entonan los himnos – ellos siempre atentos a servir a la ciudadanía, pero algunos funcionarios oficiales no vacilaron en contestar sus teléfonos y seguir una conversación, otros pusieron sus manos atrás o se cruzaron de brazos y con cara seria permanecieron en silencio. Que yo sepa no hay funcionarios extranjeros en su administración que pudiesen excusarse de no conocer la letra del Himno Nacional. Parece que no comprendieron “las palabras del que murió en la cruz”.

Ante mi sorpresa decidí moverme un poco (rompiendo el protocolo) entre los asistentes para verificar mi fatal hallazgo: el Himno de Cundinamarca tampoco tuvo acogida entre la mayoría de sus funcionarios, al menos puedo dar fe que no hubo tal “acento febril” – apenas unos cantos apagados de algunos que hicieron el esfuerzo de “fe y dignidad” que se necesitaba.

Sin perder la esperanza asumí que el Himno de Zipaquirá sería otra historia, pero me equivoqué: parece que algunos de sus funcionarios no han logrado sentir “el bien, de estar en la tierra de Peña y Cortés” y en “la plaza de los diez mil comuneros” apenas se oyó el canto de los estudiantes de los colegios asistentes.

Regañe, Señor Alcalde, porque sus funcionarios – nuestros empleados – deberían ser no sólo el ejemplo, sino el verdadero sentimiento al entonar los himnos A VOZ EN CUELLO, porque la institucionalidad es lo primero que el enemigo de la paz ataca, y empieza precisamente por esa apatía que desdibuja la sangre de nuestros héroes, que desvirtúa la vida de quienes la ofrecieron por nuestra libertad, que arroja al abismo del olvido las raíces que claman desde el pasado por mantener la justicia, la verdad y el orgullo de ser libres.

¡Regañe, Señor Alcalde, que nuestra magnífica Orquesta Sinfónica jamás se vuelva a quedar sin voces de Patria, porque ser funcionario oficial no es un salario más, es una virtud de servicio!

Gracias, Dios lo bendiga.

 

¿Autoconcepto o autoestima?

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Con frecuencia encuentro humanos en crisis, algunos me buscan y otros llegan por casualidad – debo admitir que con más frecuencia de lo esperado. Nuestras charlas dan diversos rodeos pero siempre llegan a la misma conclusión: hay que quererse más. A este aspecto se le conoce popularmente como autoestima y tendemos a calificar a los demás al respecto ignorando por completo esa parte de la palabra que dice “auto”, refiriéndose a que es un factor totalmente personal. Por ahí ya empezamos mal, porque aunque estrechamente relacionados, los términos autoconcepto y autoestima son diferentes, de hecho el primero abarca al segundo.

Como su nombre lo dice, autoconcepto es el conocimiento de uno mismo, algo a veces poco valorado por los humanos, únicos seres vivos capaces de opinar de esta manera; un gato o un perro no se forman conceptos de sí mismos, ellos viven el día y tal vez esa sea una buena razón para verlos generalmente de “buen humor”, y también he visto a pequeños perros chihuahua ladrando y amenazando a grandes bestias – midiéndose de igual a igual ¡y después chillando y corriendo para evitar la respuesta!

Ahí surgen las preguntas ¿es necesario conocerse a sí mismo? ¿es una necesidad humana o simplemente una característica? La mejor respuesta se encuentra en los resultados de quienes tienen conciencia de sí mismos: viven un vida plena y satisfactoria porque conocen su identidad, sus capacidades, sus limitaciones – y suelen sentirse bien con sí mismos, contrario a quienes no se conocen y suelen terminar en todo tipo de conflictos consigo mismos y con quienes les rodean. Eso no quiere decir que quienes se conocen no pasen por momentos de soledad, angustia, duda, sufrimiento o inestabilidad emocional, sólo que tienen mejores herramientas, disponen de más recursos para hallar respuestas y para resolver las dificultades que se nos presentan a todos los seres humanos en el día a día.

El autoconcepto es la noción que tiene una persona de sí misma con respecto a sus capacidades, sus limitaciones, sus aspiraciones, sus motivaciones y temores, valorada a través de la experiencia, es un ejercicio continuo de examinarse para cambiar y cambiar para volver a evaluar – al menos ésta debería ser una práctica regular y sana de cualquier ser humano. lo complejo del proceso es que es dinámico – cambia de manera permanente y en muchas facetas, cada quien estima qué debe evaluar y qué tan bien o mal lo está haciendo. Esto también incluye la descripción física que cada quien hace de sí mismo.

La valoración positiva o negativa de este examen es lo que se conoce como autoestima, y no se determina como “alta o baja”, sino de positiva o negativa – por cuanto los resultados de esa calificación suelen ser también de esa naturaleza. Una autoestima negativa – por ejemplo, suele traer consecuencias negativas a la persona y a quienes le rodean. Por otro lado, una persona con un buen autoconcepto suele tener una autoestima positiva que le proporciona confianza y seguridad.

Para terminar, debemos entender que la autoestima tiene tres factores que la determinan:

  1. El componente cognitivo – o la creencia de quién se es, lo que cada persona piensa de sí misma, es una imagen mental que no tiene que ser cierta o falsa – sencillamente es lo que la persona cree, aunque se esté engañando a sí misma.
  2. El componente afectivo-emocional, es lo que el individuo siente acerca de si mismo. Una persona con una discapacidad o una enfermedad crónica puede sentirse mal con respecto a esa circunstancia que le identifica y le produce inseguridad, en tanto otra con el mismo padecimiento lo percibe como una oportunidad y basa su seguridad en ello – suena raro, pero así es como funciona.
  3. El componente comportamental – que a manera de consejero le dicta a la persona cómo debe comportarse de acuerdo con su propio examen – por eso algunas personas “nunca cambian” a pesar de reconocer sus errores – simplemente han decidido que ese comportamiento es el que les identifica de acuerdo con su propio examen, con su autoconcepto. Por lo mismo este aspecto es esencial cuando se trata de cambiar errores o defectos identificados en uno mismo – se modifican comportamientos que llevan a una mejor imagen propia.

Les dejo con la frase de Tales de Mileto que dice “Lo más difícil del mundo es conocerse a uno mismo, y lo más fácil hablar mal de los demás” para que nos animemos a trabajar en el círculo permanente de la excelencia revisando nuestro autoconcepto e influyendo directamente nuestro comportamiento para que en cada autoexamen podamos sentirnos mejor por nuestros logros – o por lo menos por nuestro sincero deseo de cambiar y esfuerzo para mejorar. Tenemos que esforzarnos para ser mejores, no sólo con nosotros mismos – aunque empezando por ahí, sino con quienes nos rodean – sea que nos amen o no. Feliz viaje al interior.

Bibliografía:

Gispert, C., & Díaz de Mendivil, J. M. (2002). Autodominio biblioteca práctica de comunicación (Vol. 1). Barcelona: Océano.

Interrogantes.net. (2007, septiembre 12). Conocerse a uno mismo | Interrogantes.net. Recuperado a partir de https://www.interrogantes.net/conocerse-a-uno-mismo/

Lo más difícil del mundo es conocerse a uno mismo, y lo más… (s. f.). Recuperado a partir de http://akifrases.com/frase/172986

Quiero expresar mi agradecimiento a la Biblioteca Regional de Zipaquirá que no sólo me facilitó sus instalaciones para la investigación, preparación y redacción de este artículo, sino que me atendió de manera privilegiada a través de sus amables y eficientes funcionarios, siempre dispuestos a mis caprichos y necesidades. La bibliografía mencionada se encuentra disponible públicamente en esta magnífica institución.

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Soy un profesor chismoso

Y debo admitir que me enorgullece.  En mi labor docente – que ya va llegando a tres décadas con algunas interrupciones, me he podido relacionar con muchísimas personas, la mayoría de ellas jóvenes y niños.  De alguna manera particular e inexplicable en mi aula siempre ha habido espacio para las personas antes que para la academia.  Hora tras hora he conocido fortalezas, debilidades y decisiones de vida en mi propia aula, justo en mis narices.  He abrazado estudiantes que acaban de romper con su pareja, así como lo he hecho con sus hijos a quienes tienen que llevar a clase porque quien los cuidaba no llegó o simplemente no hay dinero para pagarles. Me siento feliz de conocer tantas historias de vida que son ejemplo, que son testimonio de estar vivos, de aprender a golpes y de levantarse.  Muy pocos han pasado al tablero sin que yo me sienta influenciado positivamente por ellos, incluso aunque no nos llevemos bien – porque también ha habido espacio para el conflicto, del cual me nutro constantemente – lo cuestiono todo.

No concibo un docente que hace su trabajo y pasa al siguiente grupo o aula como en una cadena de producción donde lo importante es el producto porque el proceso ya ha sido automatizado.  De hecho eso no es posible.  Algunos de mis estudiantes han llegado desesperanzados a su segunda o tercera repetición de materia o curso ¡y lo único que querían era algo de seguridad personal!  A veces una sonrisa honesta y sencilla les permite concentrarse en los más intrincados temas, y era lo único que necesitaban.  El conocimiento está en los libros, pero el interés lo pone cada quien.  Un aula con treinta estudiantes representa treinta retos emocionales.  He tenido más satisfacción con un estudiante que a través de una corta charla o reflexión en clase ha encontrado que esa carrera no es la suya y se despide con un ¡hasta pronto! y una sonrisa de satisfacción, que en la propia graduación de cientos de ellos que terminarán haciendo fila en la oficina de empleos.  Me he mantenido en contacto con esas “excepciones de carrera” durante años y he comprobado lo positivo de aquella decisión.

Conozco personas a quienes dicté clase en su segundo grado de primaria y hoy en día nos saludamos ocasional pero afectivamente frente a sus parejas y sus hijos que miran algo asombrados cómo surge repentinamente un abrazo emocionante a un extraño de pelo plateado y con aspecto cansado en medio de la calle.  ¡Adiós profe! escucho gritar desde una acera contraria mientras alguien a quien no alcanzo a ver bien agita su mano en el aire.  Yo sólo veo la sonrisa – porque es difícil recordar tantos rostros, y reconozco una vez más que es alguien que compartió su vida conmigo, aunque sea de manera breve, con el conocimiento como excusa.  Me emociona mucho cuando me entero que tienen pareja, tienen hijos, compran carro, cambian de trabajo, consiguen su vivienda propia, encuentran a Dios (o lo niegan) – soy un chismoso incorregible porque muchas de mis clases suelen tener “tercer tiempo” en una cafetería cercana alrededor de una taza de café.  ¡No sé cuántos cientos de litros de café suman ya!

Me siento muy agradecido con Dios por permitirme el talento para enseñar, aunque no soy muy bueno en ello – sólo procuro disfrutarlo para que mis educandos también lo hagan, así que me esfuerzo por mantenerme actualizado y en acción.  Por supuesto que mi oración de agradecimiento es explícita, sin embargo hoy en día he preferido dialogar con Él tan pronto abro mis ojos y preguntarle ¿qué hay que enseñar hoy? Si realmente este es uno de mis talentos, usarlo con sabiduría será la mejor forma de decir “Gracias” – gran reto.  Hace unos años tomé la decisión de “poder enseñar cualquier tema, a cualquier persona“, tratando de desmitificar en mi imaginario (aporte de la izquierda a mi vida) ese acartonado proceso de especialización, doctorado, maestría, curso, cursito, seminario, diplomado y otros cientos de nombres que se imprimen en letras de molde sobre sendos certificados que testifican haber estado pero que califican sin misericordia el derecho a mendigar unos centavos más o actuar con soberbia al ocupar una mesa diferente en la cafetería, alejado de esos seres inferiores llamados colegas y estudiantes porque “no llegan a mi nivel”. ¡Cuánta psicosis!

¿Cómo voy con ese reto?  ¡Muy bien! En los últimos años he aprendido muchísimo para enseñar aún más.  No soy tonto y sé que nunca lograré “enseñarlo todo” – de hecho ese no es el reto.  El reto es servir. El colectivo académico se ha concentrado en dividir el conocimiento hasta extremos de especialización realmente absurdos – pronto tendremos ortopedistas de rodilla izquierda, en un intento frenético y patológico de hacer el mundo “fácil y rápido”. Lo grave de esto es que el amor no se puede especializar.

Hace unos años un docente se burló de mi cuando le expliqué que su “estudiante problema” necesitaba amor y me respondió “¿entonces le doy un abrazo a ese delincuente?” con la consecuente carcajada de todos los docentes presentes.  Mi respuesta en medio de una sonrisa fue “así es”.  Hace unos días escuché el “¡Hola profe!” de un hombre joven lleno de grasa en su cara y manos, con un overol igual de engrasado, sentado cómodamente en unos enormes neumáticos – tal vez de camión.  Vi su mano agitándose en el aire en señal de saludo pero aún no lo reconocía, excepto por la sonrisa en su rostro ¡es de los míos! – pensé de inmediato y me acerqué a la consabida “ceremonia del abrazo” que sorprendió a sus amigos, mecánicos del taller de automóviles donde estábamos.  “¡Muy bien profe, me da gusto verlo!” respondió,  y sin más empezó a hablar rápidamente mostrándome con orgullo su pequeño taller de mecánica automotriz.  Era aquel “estudiante problema” que había atormentado a esa docente por varios semestres.  Finalmente se detuvo con un “no se imagina cuánto me sirvió lo que me enseñó para tener esto” mientras señalaba con la mano su imperio de trabajo. ¡Pero si yo le enseñé ofimática! le respondí.  “Sí profe, y me gradué, pero lo que hablamos en la cafetería me motivó a concentrarme en lo que me gustaba, los cacharros.”  Pasamos de un tema al otro, su familia, y hasta su perro consentido (también lleno de grasa), me despedí de aquel hombre feliz y de inmediato busqué el teléfono de aquel docente, y le llamé para saludarlo.  Me contestó rápidamente y en breves palabras me contó que acababa de llegar de Europa en un viaje de turismo – cambió su tono para explicarme que estaba tratando de superar su segundo divorcio, que estaba mejor con ciertas técnicas aprendidas de su psicoterapeuta y que agradecía mi llamada pero tenía que colgar porque estaba a punto de entrar a una cita médica.  Punto para la academia – la que produce saludos “Hola profe” de gente feliz.

 

¿Educación sin educadores?

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La tecnología ha creado un fuerte impacto en la sociedad moderna, en algunos casos de manera negativa y en otros de manera positiva. Su trascendencia ha tocado todas las dimensiones humanas y la educación no ha sido la excepción. En los años 70 empezó una revolución educativa con los medios audiovisuales y pronto fue evidente que aunque en ocasiones se desvirtuaba en “amontonarse en una sala oscurecida con todos los estudiantes casi sofocados por el calor y distraídos por el ruido del proyector”, el docente necesitaba tener nuevas habilidades – por lo menos la de ver en la oscuridad. Los padres de familia – primeros educadores de todo niño, siempre están a la expectativa de que las instituciones donde estudian sus hijos cuenten con estos nuevos medios tecnológicos, pero en casa la televisión (primer intruso técnico después de la radio) ha sido vilipendiada como distractora, irruptiva de la comunicación y se ha relegado a “la repisa de los juegos” junto con las consolas de video juegos y el internet en general – tecnologías hoy en día conjugadas en los teléfonos celulares inteligentes – e igualmente desperdiciadas como recurso educativo. Una curiosa transformación contextual que muestra de manera precisa la necesidad de formación de los educadores institucionales y familiares no sólo en las nuevas tecnologías, sino en la integración entre los procesos formadores y los medios empleados en ello.

El primer impulso erróneo ha sido el de darle más relevancia a la herramienta que al proceso y a los objetivos propuestos. No mucho ha cambiado con gobiernos regalando tablets, software y computadores a las instituciones educativas, pero reforzando los modelos educativos clásicos y poco funcionales que claman a gritos renovación, actualización y reemplazo. Vemos aplicaciones que resuelven problemas matemáticos, miden ángulos o leen en otro idioma con una simple fotografía haciendo pensar erróneamente que el docente ha sido reemplazado en todas sus magnitudes. Podemos estudiar a distancia, acceder a propuestas educativas en otras regiones e idiomas salvando los obstáculos geográficos y de tiempo a través del internet con el correo electrónico, los foros, el chat, la videoconferencia y los podcasts, donde se hace énfasis en tales herramientas, los programas empleados y sus características inherentes para impartirlas, pero desconociendo por completo las habilidades formativas de quienes han producido el material, muchas veces omitiendo hasta su derecho de autor y creando una “melaza temática anónima” porque nos quedamos en lo técnico y si acaso resaltamos el conocimiento o la práctica.

Desde ese hogar de los años 70 donde una televisión en blanco y negro con tres canales llegó a transformar el estilo de vida se encontró de manera fortuita que “el gran distractor” también era un auxilio para “mantener ocupados a los niños” – maldita herencia que se ha venido sucediendo por generaciones hasta llegar a los teléfonos inteligentes y la internet en el hogar contemporáneo donde los padres trabajan frenéticamente para lograr las metas de consumo de la sociedad actual, abandonando a sus hijos al desconsiderado cuidado y “modelo educativo” de los medios tecnológicos. Nada más triste que desperdiciar los recursos valiosos, empezando por dichos medios, hoy en día repletos de oportunidades para enseñar y aprender. Vivimos el momento en que los hijos tienen más conocimiento tecnológico que sus padres y docentes – hay que adaptarse a ello y actuar en consecuencia para transformar dicha realidad porque eso no necesariamente es negativo. Lo realmente negativo y frustrante es que los adultos se han rendido. Se niegan a aprender o en el mejor de los casos, a reaprender, sintiendo que tal acto de humildad podría restarles autoridad como padres, como docentes o simplemente como adultos. ¿Qué es lo que hay que reaprender? La forma de enseñar. Rompiendo los paradigmas sobre la educación, no sólo usando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, sino manejando el aprendizaje educativo que ahora debe abarcar intereses y necesidades humanas que impulsen el desarrollo y crecimiento del ser, no sólo la capacidad de poseer y consumir. Aprovechar los medios para mejorar la comunicación intrafamiliar y con la academia, forzar la tecnología para forzar la actividad intelectual, hacerse parte social participando en las actividades comunitarias como los foros, wikis y blogs. No perder el calor humano, sino hacerlo evidente a través de las TICs. “Jalón de orejas” para los adultos que se quedaron ejerciendo su autoridad desde bases irrelevantes olvidando su función educadora.

El ejemplo y el castigo.

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Este escrito lo empecé a pensar cuando viajaba por el vecino muncipio de Cajicá, donde hay bastantes predios de cultivo cercanos a la carretera y pude ver una escena bastante particular: un joven campesino corriendo tras una gran vaca que se había colado por la cerca abierta del cultivo, lanzaba improperios, piedras y palos contra la gran res mientras ella trotaba con paso ligero por todo el sembrado, arrasando con sus patas los surcos bien cuidados en tanto llevaba en su boca una gran bocado de la cosecha: verduras frescas y bien cuidadas que desaparecían tras sus grandes fauces en dirección a su laberinto de estómagos. La vaca cambiaba de dirección rápidamente evitando los golpes de su perseguidor, buscando salida, pero nunca dejó de masticar su sabrosa recompensa, finalmente volvió sobre sus pasos (y sobre muchas verduras), encontró la cerca abierta y logró escapar en tanto el joven seguía gritando alusiones a la mamá de la mamífera intrusa… todos los que vimos la escena reímos ante el pequeño gran triunfo de la pícara semoviente y la frustrada acción del verdulero.

La educación formal, la vida de hogar, la convivencia en el trabajo y los momentos de vida social común de los ciudadanos se han convertido en esa misma escena: nos tienen que prohibir, golpear, gritar, hablar airadamente para que nos mantengamos en una carrera frenética por la obediencia, pero no estamos formando en el carácter, las buenas costumbres, el ejemplo (que sólo existe el bueno). ¿Por qué? Porque los adultos enseñamos CON NUESTRO DIARIO VIVIR que hay que aprovechar el momento, que ayudar es favorecer a alguien a cambio de otro favor, que es más importante poseer que ser, que hay que pensar primero en uno y después (finalmente nunca) en los demás.

Estamos en manos de los niños, de los jóvenes, y particularmente de los docentes (incluso de los que enseñan a adultos) para trabajar en la formación del pensamiento que cuestiona, que no se conforma, pero que respeta. También cuenta – y es muy valioso, el ejemplo que damos los adultos. Enseñamos matemáticas y lenguaje, pero también enseñamos que hay que “pasar la materia como sea”, ignorando la salud, el descanso, el aprendizaje real y el apoyo al compañero. Formamos grupos o trabajamos como individuos, pero no dejamos de competir, clasificar, separar, discriminar a quienes no entienden, no saben o no preguntan, pero tampoco enseñamos a escuchar, a estimular ni a debatir sin ofender.

Se ha hecho creer a la sociedad que la respuesta al delito es la condena, la cárcel y el aislamiento, cuando hemos fallado durante siglos en la prevención a través del afecto, del reconocimiento propio tanto emocional como integral, de la búsqueda del error como fuente de información y no del castigo del mismo. Nos importa más “hacer lo que sea” para obtener una calificación, que explorar el error para aprender del mismo, de hecho no reconocemos los errores, sino que los evitamos a toda costa. El resultado es evidente: si no hay policía o multas, no me porto bien. Si mi pareja no me mira, puedo ser infiel. Si mi jefe no está, puedo flojear. Aprobamos leyes que benefician a unos cuantos pero en vez de denunciarlos, simplemente esperamos “que nos llegue el turno” para robar y sacar ventaja. Ciertamente ya es tarde para muchos (adultos, jóvenes y niños), sin embargo es sensato vivir dando ejemplo (que sólo hay del bueno) para que los jóvenes adquieran y defiendan su criterio propio viviendo en la justicia, la honradez y la libertad sin trasgredir, ignorar, ofender ni discriminar.

¡A trabajar en la formación a través del ejemplo!