¿Educación sin educadores?

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La tecnología ha creado un fuerte impacto en la sociedad moderna, en algunos casos de manera negativa y en otros de manera positiva. Su trascendencia ha tocado todas las dimensiones humanas y la educación no ha sido la excepción. En los años 70 empezó una revolución educativa con los medios audiovisuales y pronto fue evidente que aunque en ocasiones se desvirtuaba en “amontonarse en una sala oscurecida con todos los estudiantes casi sofocados por el calor y distraídos por el ruido del proyector”, el docente necesitaba tener nuevas habilidades – por lo menos la de ver en la oscuridad. Los padres de familia – primeros educadores de todo niño, siempre están a la expectativa de que las instituciones donde estudian sus hijos cuenten con estos nuevos medios tecnológicos, pero en casa la televisión (primer intruso técnico después de la radio) ha sido vilipendiada como distractora, irruptiva de la comunicación y se ha relegado a “la repisa de los juegos” junto con las consolas de video juegos y el internet en general – tecnologías hoy en día conjugadas en los teléfonos celulares inteligentes – e igualmente desperdiciadas como recurso educativo. Una curiosa transformación contextual que muestra de manera precisa la necesidad de formación de los educadores institucionales y familiares no sólo en las nuevas tecnologías, sino en la integración entre los procesos formadores y los medios empleados en ello.

El primer impulso erróneo ha sido el de darle más relevancia a la herramienta que al proceso y a los objetivos propuestos. No mucho ha cambiado con gobiernos regalando tablets, software y computadores a las instituciones educativas, pero reforzando los modelos educativos clásicos y poco funcionales que claman a gritos renovación, actualización y reemplazo. Vemos aplicaciones que resuelven problemas matemáticos, miden ángulos o leen en otro idioma con una simple fotografía haciendo pensar erróneamente que el docente ha sido reemplazado en todas sus magnitudes. Podemos estudiar a distancia, acceder a propuestas educativas en otras regiones e idiomas salvando los obstáculos geográficos y de tiempo a través del internet con el correo electrónico, los foros, el chat, la videoconferencia y los podcasts, donde se hace énfasis en tales herramientas, los programas empleados y sus características inherentes para impartirlas, pero desconociendo por completo las habilidades formativas de quienes han producido el material, muchas veces omitiendo hasta su derecho de autor y creando una “melaza temática anónima” porque nos quedamos en lo técnico y si acaso resaltamos el conocimiento o la práctica.

Desde ese hogar de los años 70 donde una televisión en blanco y negro con tres canales llegó a transformar el estilo de vida se encontró de manera fortuita que “el gran distractor” también era un auxilio para “mantener ocupados a los niños” – maldita herencia que se ha venido sucediendo por generaciones hasta llegar a los teléfonos inteligentes y la internet en el hogar contemporáneo donde los padres trabajan frenéticamente para lograr las metas de consumo de la sociedad actual, abandonando a sus hijos al desconsiderado cuidado y “modelo educativo” de los medios tecnológicos. Nada más triste que desperdiciar los recursos valiosos, empezando por dichos medios, hoy en día repletos de oportunidades para enseñar y aprender. Vivimos el momento en que los hijos tienen más conocimiento tecnológico que sus padres y docentes – hay que adaptarse a ello y actuar en consecuencia para transformar dicha realidad porque eso no necesariamente es negativo. Lo realmente negativo y frustrante es que los adultos se han rendido. Se niegan a aprender o en el mejor de los casos, a reaprender, sintiendo que tal acto de humildad podría restarles autoridad como padres, como docentes o simplemente como adultos. ¿Qué es lo que hay que reaprender? La forma de enseñar. Rompiendo los paradigmas sobre la educación, no sólo usando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, sino manejando el aprendizaje educativo que ahora debe abarcar intereses y necesidades humanas que impulsen el desarrollo y crecimiento del ser, no sólo la capacidad de poseer y consumir. Aprovechar los medios para mejorar la comunicación intrafamiliar y con la academia, forzar la tecnología para forzar la actividad intelectual, hacerse parte social participando en las actividades comunitarias como los foros, wikis y blogs. No perder el calor humano, sino hacerlo evidente a través de las TICs. “Jalón de orejas” para los adultos que se quedaron ejerciendo su autoridad desde bases irrelevantes olvidando su función educadora.

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