El ejemplo y el castigo.

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Este escrito lo empecé a pensar cuando viajaba por el vecino muncipio de Cajicá, donde hay bastantes predios de cultivo cercanos a la carretera y pude ver una escena bastante particular: un joven campesino corriendo tras una gran vaca que se había colado por la cerca abierta del cultivo, lanzaba improperios, piedras y palos contra la gran res mientras ella trotaba con paso ligero por todo el sembrado, arrasando con sus patas los surcos bien cuidados en tanto llevaba en su boca una gran bocado de la cosecha: verduras frescas y bien cuidadas que desaparecían tras sus grandes fauces en dirección a su laberinto de estómagos. La vaca cambiaba de dirección rápidamente evitando los golpes de su perseguidor, buscando salida, pero nunca dejó de masticar su sabrosa recompensa, finalmente volvió sobre sus pasos (y sobre muchas verduras), encontró la cerca abierta y logró escapar en tanto el joven seguía gritando alusiones a la mamá de la mamífera intrusa… todos los que vimos la escena reímos ante el pequeño gran triunfo de la pícara semoviente y la frustrada acción del verdulero.

La educación formal, la vida de hogar, la convivencia en el trabajo y los momentos de vida social común de los ciudadanos se han convertido en esa misma escena: nos tienen que prohibir, golpear, gritar, hablar airadamente para que nos mantengamos en una carrera frenética por la obediencia, pero no estamos formando en el carácter, las buenas costumbres, el ejemplo (que sólo existe el bueno). ¿Por qué? Porque los adultos enseñamos CON NUESTRO DIARIO VIVIR que hay que aprovechar el momento, que ayudar es favorecer a alguien a cambio de otro favor, que es más importante poseer que ser, que hay que pensar primero en uno y después (finalmente nunca) en los demás.

Estamos en manos de los niños, de los jóvenes, y particularmente de los docentes (incluso de los que enseñan a adultos) para trabajar en la formación del pensamiento que cuestiona, que no se conforma, pero que respeta. También cuenta – y es muy valioso, el ejemplo que damos los adultos. Enseñamos matemáticas y lenguaje, pero también enseñamos que hay que “pasar la materia como sea”, ignorando la salud, el descanso, el aprendizaje real y el apoyo al compañero. Formamos grupos o trabajamos como individuos, pero no dejamos de competir, clasificar, separar, discriminar a quienes no entienden, no saben o no preguntan, pero tampoco enseñamos a escuchar, a estimular ni a debatir sin ofender.

Se ha hecho creer a la sociedad que la respuesta al delito es la condena, la cárcel y el aislamiento, cuando hemos fallado durante siglos en la prevención a través del afecto, del reconocimiento propio tanto emocional como integral, de la búsqueda del error como fuente de información y no del castigo del mismo. Nos importa más “hacer lo que sea” para obtener una calificación, que explorar el error para aprender del mismo, de hecho no reconocemos los errores, sino que los evitamos a toda costa. El resultado es evidente: si no hay policía o multas, no me porto bien. Si mi pareja no me mira, puedo ser infiel. Si mi jefe no está, puedo flojear. Aprobamos leyes que benefician a unos cuantos pero en vez de denunciarlos, simplemente esperamos “que nos llegue el turno” para robar y sacar ventaja. Ciertamente ya es tarde para muchos (adultos, jóvenes y niños), sin embargo es sensato vivir dando ejemplo (que sólo hay del bueno) para que los jóvenes adquieran y defiendan su criterio propio viviendo en la justicia, la honradez y la libertad sin trasgredir, ignorar, ofender ni discriminar.

¡A trabajar en la formación a través del ejemplo!

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