Las mujeres no sirven para programar

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En poco más de veinte años que llevo enseñando en aulas – tanto físicas como virtuales, nunca había visto que a la mujer se le maltratara tanto como ahora. Con el pasar de los años he tenido que reaprender (varias veces y de manera continua) como hombre lo que realmente significa mi masculinidad, pasando por encima de las costumbres familiares en que fui educado, de los estándares educativos de las instituciones donde asistí (para qué voy a decir que estudié juicioso) y de la cultura en que me he desarrollado día a día. No le tengo una historia de miseria humana donde el reino de los hombres con su violencia e ignorancia somete a las mujeres de mi entorno. No. Mi infancia y juventud se desarrollaron en lo que cualquiera puede decir que es la normalidad social y familiar, igual a la de muchos de mis parientes, amigos y colegas hombres, razón por la cual nunca supe que era un machista de tiempo completo hasta que me di de narices con el mundo femenino.

eye-211610_960_720Tampoco le tengo una historia dramática de abandono, despecho o corazones rotos – esta no es una novela, sino la vida diaria. Desde la década de los ochenta las mujeres de latinoamérica dijeron “no más” y se empezaron a organizar para defender sus derechos, para tener el poder que merecen y para pasar del rincón de la procreación donde históricamente las hemos embutido con todos los trabajos del hogar, al mundo de la producción, la creación y la dirección. Apenas unas décadas han hecho que la mujer tenga espacios pertinentes – ¡pero ha sido a punta de codazos y luchas muy duras! En mi humilde opinión la dificultad más grande fue romper el esquema machista que las tenía relegadas desde hace milenios, pero la dificultad más socavada es la fuerza de la costumbre de las mujeres, que acostumbradas a roles secundarios, se acomodaron y aún hoy en día no hay quien las saque de su sopor, de su área segura de esclavitud afectiva, emocional, económica y psicológica.

office-620817_960_720Atrás quedaron los tiempos en que se producían “escándalos de barrio” por una minifalda, un peinado, salir sola a la calle o negarse a casarse y tener hijos “como todas las demás”. Hoy en día las mujeres no sólo votan y fuman en público. Las vemos como funcionarias públicas, integrantes de las fuerzas militares, gerentes de sus propias empresas y guiando sus familias – muchas veces sin el acompañamiento del hombre.

experiment-220023_640Con eso me estrellé por primera vez como hombre. Mi educación no hablaba de discriminarlas, pero la costumbre me hacía desconfiar de ellas – ahora me subo con gusto a un bus o un taxi conducido por una mujer porque he cambiado mis estructuras de pensamiento y para ser honesto confío más en ellas al volante. Prefiero que “el” especialista que me atienda sea una médica porque he percibido diagnósticos más detallados y el trato me resulta muy profesional, más allá de simplemente agradable. Justo cuando pensé haber conquistado mi actitud machista empecé a encontrar en mi aula de TICs mujeres que deberían ser felices, siendo infelices. No se trataba de un grupo en particular, por edad, condición social o cualquier otra clasificación humana – simplemente eran mujeres – poco valoradas, incluso por sí mismas. Muy duro darme cuenta – con ellas, que mis esfuerzos educativos se quedaban en casa, cocinando, planchando, preparando alimentos y conformándose con un salario que usualmente era la mitad o un poco más de eso con respecto a lo que ganaban sus compañero de estudio hombres. Mientras los varones conseguían cargos de responsabilidad en empresas formales o se dedicaban al desarrollo o al diseño web por cuenta propia, ellas resultaban de nuevo en el papel que históricamente se les había asignado: en el servicio de la casa. En los mejores casos lograban cargos en producción con labores manuales repetitivas. Algunas lograron ubicarse como diseñadoras gráficas pero tanto su cargo como su salario no pasaban de ser operativos.

¡Fracasamos en su formación! fue lo que pensé. Y acerté a medias. Porque lo que ha fracasado es la educación de la masculinidad que intrínsecamente siembra desconfianza en la labor femenina y encasilla con clichés, frases, actitudes y negativas. No importa si enseñamos TICs, arquitectura, arte, medicina o ingeniería mecatrónica, una nueva masculinidad (incluso varias) se hacen urgentes en el pénsum académico. Algunos (y algunas) pensarán que exagero pero apenas estoy llegando al nudo de mi exposición.

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Logo de Firefox

Desde hace años yo me decidí por usar y promover el software libre – que de manera general (me perdonan la ligereza técnica en favor de la brevedad y el enfoque) se trata de programas hechos por equipos de voluntarios dispersados por el mundo quienes no cobran por su trabajo pero cuyo resultado tampoco se puede vender. Hay un programa muy conocido por todos – Mozilla Firefox, que es un excelente ejemplo de software libre. Un grupo de expertos programadores, con diferentes habilidades han ido perfeccionando y aportando ciertas partes del programa y lo mantienen funcionando, corrigiendo errores y aportando mejoras de acuerdo con ciertas metas que han acordado como equipo. Muchas veces los integrantes de estos equipos de trabajo ni siquiera se conocen – ni les interesa conocerse más allá de intercambiar código y experiencias técnicas en chats, foros y otros espacios digitales. Los más beneficiados somos los usuarios finales que no sabemos programar pero que usamos los programas sin que nos cobren un centavo por ello, en este caso el Firefox es un excelente navegador de internet que cualquiera puede descargar y usar en su computador o dispositivo móvil. ¿A dónde voy con todo esto?

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Logo de GitHub

Pues bien – éste ha sido el más reciente golpe que me he dado: para que estos equipos de programadores genios trabajen cómodamente y con cierta organización, existen servidores de archivos donde el código se almacena y se pone a disposición de quien lo necesite de manera ordenada. Los programadores acceden a sus proyectos con nombre de usuario y contraseña para consultar o modificar los programas. Uno de los repositorios de software más importante se llama GitHub y lleva un control estadístico muy estricto sobre los programas que aloja y cada aporte hecho. Los programadores entre sí disponen de un sistema de calificación sobre cada aporte generando así ciertas categorías de mejor aporte o peor aporte – entre otros, normalmente asociados a los usuario del sitio.

stop-863665_640Pues bien – yo preocupado por ubicar laboralmente a las mujeres de mis modestas y casi inadvertidas aulas en un rincón de suramérica, cuando me encuentro que unos investigadores decidieron revisar las estadísticas de aporte de código escrito por mujeres en este gigantesco servidor de software libre, encontrando que sus aportes superan a los del género masculino y usualmente son calificados como superiores por todos sus colegas – algo que no me extraña como producto de las mujeres. Pero qué gran decepción me he llevado cuando los investigadores revelan que eso sólo es verdad en los casos en que dichas mujeres ¡han ocultado su género! Ellas no me han decepcionado. Estoy decepcionado de la humanidad. El software libre es el presente y futuro de la humanidad en los espacios digitales. Casi el 100% del tráfico de internet corre en servidores con software libre (Linux) y está presente prácticamente en todos los dispositivos de uso diario: ascensores, vehículos, trenes, teléfonos móviles, juguetes, computadores personales, televisores, etc. por no hablar de la Estación Espacial Internacional y muchos gobiernos que han optado por él para sus oficinas estatales y proyectos científicos. Cientos de millones de líneas de programas escritas por mujeres realmente geniales, que nos están haciendo posible una vida más cómoda, ¡pero que tienen que prescindir de su género para obtener aprobación!

Esto no se queda así. Invito a todas las mujeres a formarse, a empoderarse y no perder la fuerza que las identifica. Desde usar un teléfono celular hasta aprender a programar – la humanidad las necesita con conocimientos, independientes, fuertes, seguras de sí mismas y felices. Invito a los hombres a investigar, reflexionar y cambiar las actitudes que negativamente nos caracterizan, prácticamente sin darnos cuenta. Hagámonos conscientes no sólo del valor de la mujer, sino de nuestras malas costumbres familiares y culturales, y del daño que nos hacemos como género humano al desconocerlas, minimizarlas y relegarlas. No más.

Para saber más:

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